El Presidente del Paraguay, Fernando Lugo, denunció la existencia de un complot contra su gobierno, liderado por Nicanor Duarte Frutos y Lino César Oviedo. La versión, que todavía requiere que se exhiban las pruebas, es plausible.
Durante sus respectivas trayectorias políticas en el período democrático, tanto el ex Presidente Duarte Frutos como el otrora poderoso General Oviedo, han mostrado suficientemente cuán poco afectos son al respeto a las instituciones y a la legalidad.
Sin embargo, ambos son sólo las caras visibles de la crisis terminal de un modelo político. El modelo que, a partir de 1954 y bajo la dictadura de Alfredo Stroessner (1954 - 1989), aunó al Estado autoritario, las FFAA (visiblemente influidas por el nazifascismo) y la Asociación Nacional Republicana (ANR - Partido Colorado). Estas instituciones se situaron como locomotora de un tren clientelista cuyos vagones son empresarios, militares, punteros políticos, diputados, senadores.
La cultura que se estructuró en torno a estas instituciones tiene pautas corruptas, perversas. Y tanto Lino Oviedo como Nicanor Duarte Frutos son herederos y protagonistas de la misma. Para ambos, el autoritarismo es la segunda piel.
Y ante la imposibilidad de seguir ejerciendo el poder, ante la imposibilidad de respirar el aire de la llanura política, después de haber disfrutado de las alturas y sus privilegios, maniobran. El detalle de las maniobras queda en la anécdota, y no se reduce a las maniobras visibles: se incluyen también las invisibles, las redes sutiles de delincuencia que hoy tambalean ante la existencia de nuevos y esperanzadores aires para el Paraguay.
Tanto Nicanor Duarte Frutos como Lino Oviedo son una amenaza para la democracia. Pero son sólo la punta del iceberg. Tras de sí, se mueven (y se tambalean) intereses articulados en un sistema que normalizó la delincuencia de estado. Son los últimos pataleos de un sistema que se pudre.
Setiembre de 2008 |