
Auguraba Galbraith, en La sociedad opulenta, un oscuro porvenir para las clases sociales más pobres, que serían excluidas del sistema político por la práctica confirmada del “absentismo electoral”. Si bien es cierto que ese absentismo continúa, en nuestro sistema democrático lo más preocupante es la confirmación de que aumenta en las clases sociales medias y altas. Y lo que por definición parecía imposible la exclusión de los ciudadanos del sistema político se torna cada vez más probable por culpa de la baja identificación de los ciudadanos con la política de los partidos y el perfil de su clase política. Tanto el mundo político como los medios de comunicación parecen haber experimentado en los últimos años un descrédito similar.
Explicaba Philip Maarek que a los políticos se les reprocha estar más atentos al adversario, a la agenda partidista y a las luchas internas que a los intereses de los ciudadanos. En cuanto a los medios de comunicación, el descrédito se produce por una excesiva polarización mediática, que genera en algunos cierta confusión entre la línea editorial y la información. Este fenómeno es percibido de manera clara por los ciudadanos, que, además, se ven asaltados por informaciones no verificadas y con una acentuada espectacularización.
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